lunes, 7 de mayo de 2012

YPF no es lo Importante (por Hernán Brienza)

Si tuviera que publicar cada entrada de Hernán Brienza que me resulta agradable, interesante o tal vez indispensable, este blog ya no tendrìa identidad propia. La que publicó el domingo pasado en Tiempo Argentino, es una de las que bien merecen ser releídas continuamente.
Tuve la suerte de escucharlo en el stand de Radio Nacional en la Feria del Libro, conversar acerca de estos temas cuando lo visitó el Senador Aníbal Fernández. Comparto la nota y todo lo que tan bien expone (y que a otros no nos sale de esa forma).



YPF no es lo importante                     Por:  Hernán Brienza  06/05/12
El signo de esta semana fue mucho menos grandilocuente pero mucho más profundo y denso. Me refiero a esa corrida, casi como una fuga, en tonos grises, de un hombre en geografías propias.
Advertencia al lector: el editorial no se referirá a la promulgación de la ley de expropiación de YPF. Pero no porque el autor considere que no se trata de un hecho histórico incontrastable. Tampoco es que no se sienta sorprendido por la abrumadora mayoría por la que fue aprobada la norma en el Senado y en Diputados. Sino porque considera que el signo de esta semana fue mucho menos grandilocuente pero mucho más profundo y denso. Me refiero a esa corrida, casi como una fuga, en tonos grises, de un hombre –que bien podía ser una escena de Rocky Balboa, ese boxeador humilde y tontuelo que puso en la lona al campeón de todos los pesos– enfundado en un jogging en geografías propias pero poco amenas para los argentinos. Con música épica, con carteles en inglés, con el Océano Atlántico de telón de fondo, ese hombre –cuyo verdadero nombre y circunstancias son ahora nimiedades– realiza flexiones hasta quedar exhausto y besar la des-tierra. La publicidad concluye con una frase que semeja una estocada con punta envenenada: “Para competir en suelo inglés, entrenamos en suelo argentino.”
La frase es ingeniosa. Pero es algo más aún. Es sutil. Primero porque no tiene el contenido belicoso que, por ejemplo, tenían las publicidades chauvinistas de bebidas alcohólicas realizadas con oportunismo para los mundiales. Pero sobre todo, porque tiene una pluralidad de interpretaciones, no es aprehensible, y es borgeana, en algún sentido. Se trata de un territorio-desterrado, de una propiedad-no propia, de un suelo argentino que es inglés y de un suelo inglés que será argentino. Y permite, además, la posibilidad de revisitar estos años. Porque no es un atleta de excelencia que viaja a Europa porque en su país no tiene oportunidades. No está construido sobre el mito de la exportación de “los mejores”, convirtiendo automáticamente a los que se quedan en nuestra patria en “los peores”, el lastre, los fracasados que no pueden escapar de un país decadente y en ruinas que se merecen por no estar a la altura de la “aristocracia” que huye. El protagonista de la publicidad corre, pareciera que huye, pero entrena. Entrena en su patria para competir en territorio ajeno. Él, como Luciana Aymar, gigante deportista que reta a su compañera porque no utilizó su derecho como mujer de elegir no quedar embarazada justo cuando hay que ir a competir a Gran Bretaña, son parte de los mejores. Están “aquí” y van “allá” temporalmente para conquistar unos metros de gloria. 
Sin la lógica de esa publicidad, la expropiación de YPF no habría sido posible. Porque, a decir verdad, el clima político, económico, ideológico que vive Argentina es hijo directo de aquella brillante definición que dio la presidenta de la Nación en el año 2007 cuando dijo “la batalla es cultural”. Porque en los noventa lo que había ocurrido, justamente, era que el neoliberalismo había ganado esa batalla. Cualquier hijo de vecino en los noventa recitaba el credo de las privatizaciones que rezaba, según el decálogo menemista pronunciado por Roberto Dromi: “Nada de lo que deberá ser estatal quedará en manos del Estado.” Pero hasta allí estaríamos discutiendo meras estrategias técnicas para llevar adelante, con pragmatismo, determinadas políticas públicas. Ni las privatizaciones son demoníacas por sí mismas ni tampoco las estatizaciones nos llevarán al cielo. Porque la batalla de fondo no es la pragmática sino la identidad, la conciencia nacional de quien decide utilizar una u otra estrategia en determinado momento histórico. ¿Se privatiza para beneficiar a la Nación? ¿Se estatiza para que las empresas privadas hagan fortunas a costa de ella? ¿Cuándo la dictadura estatizó la compañía Ítalo-Argentina de electricidad o la deuda de las empresas privadas pensaba en el bien de las mayorías o de los negocios privados? La pregunta de fondo es ¿para qué? Pero sobre, muy sobre todo, es ¿quiénes somos?
Y ese, en verdad, es el corazón de la cuestión cultural. El kirchnerismo, pero sobre todo Cristina Fernández, elaboró como máxima estrategia a largo plazo la reconstrucción de la identidad y de la autoestima nacional. Porque sabe que sin Nación no hay pacto social de convivencia. Y tampoco paritarias ni AUH ni ANSES ni Aerolíneas ni YPF. Por eso para poder instalar el neoliberalismo en los noventa dispararon donde más duele: en la identidad nacional. Primero la dictadura cívico-militar con sus publicidades contrarias a la industria nacional y con su pseudo patrioterismo infantil y belicoso que aplicó primero contra la “subversión”, luego contra Chile y como, finalmente, vio luz en Gran Bretaña, la emprendió contra la “Pérfida Albión”. 
La democracia decidió “desnacionalizar” a la sociedad, mientras la constante prédica del “periodismo montevideano” –aquellos escribas exiliados que desde Uruguay consideraban que a la “barbarie” americana se la combatía defendiendo los intereses de las potencias civilizadas– nos inculcaba que “este era un país de mierda”, que no podíamos administrar nuestras empresas y, prácticamente, durante el delarruismo llegó a proponer que el país fuera gobernado por extranjeros. Reconstruir la idea, y por ende, una praxis colectiva fundada en la apelación a la Nación es el legado más importante –recordemos la fiesta popular del Bicentenario– que el kirchnerismo aporta a la historia de los argentinos y a su futuro. Los argentinos podemos entrenar en nuestro suelo, competir en suelo inglés y, como si fuera poco, volver a nuestro país a vivir. Ya no somos exiliados. Ese es el mensaje. “Los argentinos tenemos Patria.” Pero ¿qué es eso?
Juan Domingo Perón concluyó su texto La comunidad Organizada con una iluminadora prosa. Decía: “Nuestra comunidad tenderá a ser de hombres y no de bestias. Nuestra disciplina tiende a ser conocimiento, busca ser cultura. Nuestra libertad, coexistencia de las libertades que procede de una ética para la que el bien general se halla siempre vivo, presente, indeclinable. El progreso social no debe mendigar ni asesinar, sino realizarse por la conciencia plena de su inexorabilidad. La náusea está desterrada de este mundo, que podrá parecer ideal, pero que es en nosotros un convencimiento de cosa realizable. Esta comunidad que persigue fines espirituales y materiales, que tiende a superarse, que anhela mejorar y ser más justa, más buena y más feliz, en la que el individuo puede realizarse y realizarla simultáneamente, dará al hombre futuro la bienvenida desde su alta torre con la noble convicción de Spinoza:  Sentimos, experimentamos, que somos eternos.”
Acertada y elegante frase atribuida al filósofo Carlos Astrada: “La náusea está desterrada de este mundo.” Porque, para el Perón-Astrada no hay sinsentido vital donde hay patria y Nación. Y no se trata de una grandilocuencia esencialista, de una pomposidad momificada. Sino quizás de esa humilde idea del francés Ernest Renan: “Una nación es, pues, una gran solidaridad, constituida por el sentimiento de los sacrificios que se han hecho y de aquellos que todavía se está dispuesto a hacer. Supone un pasado; sin embargo, se resume en el presente por un hecho tangible: el consentimiento, el deseo claramente expresado de continuar la vida común. La existencia de una nación es (perdonadme esta metáfora) un plebiscito cotidiano, como la existencia del individuo es una afirmación perpetua de vida.” La recuperación de la autoestima nacional fue seguida por esa explosión de orgullo que significó el pueblo en las calles festejando el Bicentenario. 
El desafío ahora es el de lograr la tan esquiva “unión”. Porque ya lo escribió con claridad Manuel Belgrano en mayo de 1810: “La unión ha sostenido a las Naciones contra los ataques más bien meditados del poder, y las ha elevado al grado de mayor engrandecimiento; hallando por su medio cuantos recursos han necesitado, en todas las circunstancias, o para sobrellevar los infortunios, o para aprovecharse de las ventajas que el orden de los acontecimientos les ha presentado. Ella es la única, capaz de sacar a las Naciones del estado de opresión en que las ponen sus enemigos; de volverlas a su esplendor, y de contenerlas en las orillas del precipicio: infinitos ejemplares nos presenta la Historia en comprobación de esto; y así es que los políticos sabios de todas las Naciones, siempre han aconsejado á las suyas, que sea perpetua la unión; y que exista del mismo modo el afecto fraternal entre todos los Ciudadanos. La unión es la muralla política contra la cual se dirigen los tiros de los enemigos exteriores é interiores; porque conocen que arruinándola, está arruinada la Nación; venciendo por lo general el partido de la injusticia, y de la sin razón á quien, comúnmente, lo diremos más bien, siempre se agrega el que aspira á subyugarla. Por lo tanto, es la joya más preciosa que tienen las Naciones. Infelices aquellas que dejan arrebatársela, o que permitan, siquiera, que se les descomponga; su ruina es inevitable.” 
La renacionalización de YPF, entonces, no es lo importante. Es apenas un síntoma. Porque sin identidad, sin autoestima y sin unión nacional nada es posible. Ni las políticas públicas dirigidas a las mayorías ni las exigencias de compromiso a los empresarios y trabajadores, o al “Ciudadano”. Lo fundamental, en términos históricos, es que el kirchnerismo ha logrado algo que años atrás parecía imposible: ha renacionalizado culturalmente a la Argentina.  
Nota original en: http://tiempo.infonews.com/2012/05/06/editorial-74846-ypf-no-es-lo-importante.php

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